Teresa Ribera es la guardiana de la llama del centro izquierda en Bruselas. Como vicepresidente ejecutivo para una transición limpia, justa y competitiva, el exvicepresidente español, de 56 años, ocupa las altas esferas de la Comisión Europea. Y aunque su jefa de centroderecha, Ursula von der Leyen, no tiene un diputado oficial, es Ribera -entre los comisionados- quien ha demostrado la mayor capacidad para dar forma a la política y dejar su huella en el reino del presidente alemán.
Ribera ayudó a España a sortear los shocks energéticos que siguieron a la invasión rusa de Ucrania y llegó a Bruselas justo cuando el consenso centrista en Europa comenzaba a desmoronarse. Su desafío ahora es mantener viva la agenda verde y social de la UE en una era en la que ambas están bajo asedio.
Ribera se ve a sí misma desempeñando tres funciones: administradora del Pacto Verde, guardiana del orden antimonopolio de la UE y la socialista más visible de la Comisión. El sombrero número uno la ha visto intervenir entre bastidores para evitar que los esfuerzos medioambientales de la UE descarrilen bajo la presión del centro y la extrema derecha. En el puesto número 2, ha ayudado a impulsar la aplicación de la ley digital y tecnológica a través de aguas transatlánticas turbulentas, rechazando a los gigantes tecnológicos estadounidenses y resistiendo los esfuerzos franco-alemanes de flexibilizar las reglas para los campeones nacionales.
El sombrero número 3 ha sido, para los adictos a las noticias, el emoji con más palomitas de maíz. Ribera ha roto sistemáticamente con von der Leyen y otros comisarios en cuestiones morales clave, en particular la guerra en Gaza, donde se convirtió en la primera alta funcionaria de la UE en calificar las acciones israelíes de genocidio.
Estas posturas suelen ser solitarias, lo que lleva a la percepción de que Ribera está políticamente aislado en un mar de comisarios de derecha. Esa es una opinión que ella rechaza, destacando en particular una estrecha relación de trabajo con von der Leyen, a pesar de sus diferencias. Como diplomático climático de larga data, Ribera ha pasado décadas negociando acuerdos internacionales con rusos, sauditas y estadounidenses recalcitrantes, encontrando una manera de ser diferente pero llegar a un acuerdo. Ahora está poniendo en práctica esa experiencia en el nido de víboras de Berlaymont, impulsando su agenda mientras navega por las rivalidades y los egos que definen la política de poder de Bruselas.
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