Comenzamos 2026 en un escenario donde la resiliencia ya no es una opción, sino el estado natural de nuestras pequeñas y medianas empresas.
Tras años de navegar una volatilidad persistente, el ecosistema pyme argentino se encuentra hoy frente a un espejo que le devuelve una imagen dual: por un lado, la promesa de una estabilidad macroeconómica que empieza a dar señales de consolidación y, por el otro, la urgencia de una transformación estructural que no admite más demoras.
Desde Adiras venimos observando que el “modo supervivencia” ha empezado a mutar hacia un “modo competitividad”.
En 2026, el contexto no perdonará la improvisación. Las pymes se enfrentan a un mercado que ya no solo demanda productos, sino soluciones integrales, eficientes y, sobre todo, transparentes.
Uno de los pilares de este 2026 es la lenta pero progresiva normalización del crédito. Después de años en los que el financiamiento era un bien de lujo o una trampa de tasas, empezamos a ver una reactivación del mercado de capitales para el sector productivo.
Las empresas que logren profesionalizar sus balances y presentar estructuras sólidas serán las primeras en capturar este oxígeno vital para la inversión en bienes de capital.
Sin embargo, el crecimiento proyectado en torno al 3,4% nos indica que no estamos ante un “boom” de consumo, sino ante una recuperación selectiva.
Las pymes deberán aprender a ganar participación de mercado no por volumen inercial, sino por una eficiencia extrema en sus costos y una propuesta de valor diferenciada.
Si en años anteriores hablábamos de la transformación digital como un proyecto a futuro, en 2026 es el estándar mínimo de operación. Ya no se trata solo de tener presencia online.
El contexto actual exige la integración de la inteligencia artificial (IA) aplicada a procesos: desde orquestadores que optimizan la cadena de suministro hasta agentes de atención al cliente que personalizan la experiencia a gran escala.
La brecha entre las pymes que adoptaron estas tecnologías y las que se quedaron en la gestión analógica se ha ensanchado.
Hoy, la productividad está íntimamente ligada a la capacidad de procesar datos para tomar decisiones en tiempo real, dejando atrás la intuición como único motor del dueño.
Quizás el cambio más profundo que vemos en este 2026 reside en la mentalidad del número uno.
En las pymes, la cercanía entre el líder y sus colaboradores es un activo emocional, pero también un riesgo si el estado de ánimo del dueño dicta el rumbo de la compañía sin filtros profesionales.
El contexto actual demanda profesionalizar la toma de decisiones. La soledad del dueño es el principal techo de cristal de las pymes argentinas.
Por eso, desde nuestra asociación insistimos en la importancia de los directorios externos o espacios de intercambio entre pares.
En 2026, las empresas que sobreviven y escalan son aquellas que han entendido que “hacer todo uno mismo” es la receta más rápida para la obsolescencia.
Por último, no podemos ignorar la presión de las cadenas de valor globales. En 2026, la sostenibilidad ha dejado de ser una etiqueta de marketing para convertirse en un requisito de exportación y financiamiento.
Las pymes que actúan como proveedores de grandes compañías o que buscan mercados externos se encuentran con auditorías ESG cada vez más rigurosas. La economía circular y la eficiencia energética ya no son solo “buena prensa”, sino factores directos de rentabilidad.
El 2026 se presenta como un año de sintonía fina. El viento de cola macroeconómico puede ayudar, pero la verdadera diferencia la hará la gestión interna.
El contexto les pide a las pymes menos “intuición de crisis” y más “estrategia de crecimiento”. El futuro no se espera, se construye profesionalizando el presente.
Director Ejecutivo de la Asociación de Directorios Asociados (Adiras)








