Anoeta confirmó el renacer de un Sporting al que el mini stage en País Vasco le ha sentado de maravilla. Los rojiblancos conquistaron (0-1) el templo de la Real tras vencer a su filial gracias a un gol de un futbolista mayúsculo como es Gelabert. La Mareona convirtió el escenario en un pequeño Molinón; casi la mitad del aforo (4.046) eran gargantas sportinguistas. En un deporte que se vive en presente, el triunfo supone un soplo de aire fresca para un proyecto necesitado de alegrías. No fue –ni mucho menos- un partido redondo del equipo gijonés, a quien le costó aclimatarse. Pero la semana deja una noticia: la mejoría en defensa. Dos partidos seguidos en los que el equipo ha echado el cerrojo y ha recuperado efectividad en las áreas.
Borja entendió que el buen hacer en Copa no convalida un hueco en la Liga. La fatiga dejó sin opción a los rebeldes que salieron ganadores de Mendizorroza y también la jerarquía y categoría que se les presupone a los hoy titulares. Así las cosas, y con Gaspar esperando turno en el banquillo, la principal novedad resultó en el orden de las piezas. Corredera fue quien comenzó ocupando la mediapunta, Smith regresó a la zona ancha, al tiempo que Queipo comenzó en la izquierda y Gelabert en la derecha.
Entró el Sporting destemplado al partido y también desorganizado. Anoeta se abrió como un desierto sin fin, con metros y más metros que separaban las líneas de los jugadores rojiblancos. Enseguida quedó claro por qué este estadio es un auténtico campo de minas para los rivales. Conscientes de que compiten en la élite, los zagales de la Real Sociedad B –por cierto, un club que bien podría servir de espejo a Mareo– saltaron al verde sin el menor respeto al escudo contrario. Eran osados, jugaban de memoria, siempre verticales.
Las carreras de sus extremos –Astiazaran y Ochieng– obligaban a los gijoneses a protegerse y recular, impidiendo que los dos laterales –Rosas y Diego– pudieran dar amplitud al equipo. Un disparo lejano de Corredera buscó portería sin éxito, aunque fue después Ochieng quien puso en aprietos a Yáñez. Pero el mayor susto llegaría más tarde: Eceizabarrena vio el espacio para habilitar a Carrera, que centró atrás un balón que Ochieng no logró alcanzar. Rosas acudió al rescate para evitar el descalabro. Una carrera de área a área de Balda confirmó la falta de firmeza de los gijoneses.
No era capaz el Sporting de encontrar una salida de emergencia. Si acaso, ayudó que los txuri-urdin, todavía en fase de crecimiento, demostrasen una lógica inconsistencia en los minutos finales del primer tiempo. Bajaron un par de marchas los de Ansotegi, lo que equilibró las fuerzas. Aunque el Sporting seguía sin brillo. La pelota les duraba un suspiro. Quedaba el camino directo: envíos largos en busca de las piernas de Otero. Pero el colombiano era una isla, incapaz de sacar rédito a su velocidad y energía, encimado siempre por los centrales. Queipo y Gelabert reclaman opciones desde los costados.
La hiperactividad del palentino le acercaba más al área, su hábitat natural, vaciando la banda para Rosas. Solo en el ocaso del partido fue capaz el equipo de encontrar al 10. Un poco de Gelabert, jugador siempre clarividente, ya fue suficiente para dar sensación de peligro. Aunque la planificación deportiva y las lesiones han rebajado los recursos, alejar a Gelabert de la mediapunta parece un sacrilegio para un equipo corto de talento como es este Sporting, más si cabe si falta Dubasin y todavía no está para ser titular Gaspar. El equipo cayó en el primer tiempo en la irrelevancia hasta que detectó a su jugador más talentoso.
No bastó para que temblase un Fraga que fue un mero espectador –Rosas lo intentó de lejos sin éxito–. Pero al menos suavizó el ruido, que regresó al descanso con los cánticos de La Mareona: “Directiva, dimisión”, rompió el silencio en Anoeta. Astiazaran –ojo con este talento– intentó al final otro acercamiento. Pero el empate a 0 al descanso ya era inevitable.
La parada descongestionó a un Sporting que regresó de los vestuarios con un alma distinta. Borja hizo dos movimientos: quitó al amonestado y errático Perrin por Pablo Vázquez y adelantó a Smith para retrasar al pivote a Corredera. Y el equipo espabiló. Ya no les temblaba el pulso a los rojiblancos –de negro en Anoeta–. El físico de Smith adelantó las líneas e incrementó la presencia en área contraria. Los txuri-urdin comenzaban a estar en apuros. Un despeje errático de Carbonell pilló desprevenida a la zaga realista, que trataba en esos momentos de salir de su guarida. Con todos fuera de sitio, la pelota le cayó a Diego, que avanzó con determinación. El lateral brindó un maravilloso centro a la zona gol. Smith llamó la atención de los zagueros, pero quien irrumpió por detrás fue Gelabert. El palentino remató de cabeza con tal determinación que Fraga solo pudo sacarla de la red. El legado de Garitano no es menor y quizá a futuro suponga una gran venta. Gelabert es un gran centrocampista y un llegador superlativo.
El 0-1 aumentó la confianza en la delegación gijonesa. Los espacios ya no eran un problema, sino que eran un arma de guerra para coger desprevenida a la apurada zaga de la Real. Los locales se habían desinflado, pero mantenían voluntad y buscaban herir a través de la zancada de Ochieng. Borja detectó cansancio en Queipo y recuperó a Gaspar. La ovación de la Mareona a Queipo fue atronadora. El canterano, que recorrió el estadio de punta a punta para dirigirse al banquillo, pasó justo por debajo del público asturiano. En ese instante, los dos mil sportinguistas se dejaron las manos y la garganta para demostrar al canterano que es uno más de la familia. Después de los relevos, los txuri-urdin recuperaron energía. La Real B se abalanzó sobre un Sporting que se vio obligado a resguardarse. Corredera se pasó de frenada y derribó a Mariezkurrena justo en la frontal del área. La falta, a unos veinticinco metros, era estupenda para un especialista. Balda abogó por la potencia y su lanzamiento no inquietó a Yáñez.
Los gijoneses aguantaron de pie en los últimos instantes, jaleados por la Mareona y sostenidos por el fútbol de Gelabert, un diamante capaz de adueñarse del balón cuando a otros les tiemblan las piernas. Una pifia de Fraga tras estallar el balón en Corredera estuvo a nada de suponer el 0-2. Luego rozó el gol de su vida.








