Mil batallas después, el Barça volvió a ganar desde un lugar que conoce bien: la experiencia. No fue una final brillante ni arrolladora, pero sí profundamente inteligente. En Castellón, las azulgranas levantaron su sexta Supercopa —la quinta consecutiva— y añadieron otra victoria al interminable historial del Clásicoen el número 21, demostrando que también saben ganar cuando el partido exige cabeza antes que brillo.
Iniciaba el duelo con un once de gala de Pere Romeu y una sorpresa celebrada: Patri Guijarro regresaba a la titularidad tras lesión. Volvía el timón del equipo y el orden con balón. La mallorquina fue la mejor del partido, imperial en la recuperación y lúcida en la dirección, sosteniendo al Barça en los momentos más incómodos.
Lanzado salió el Real Madrid, decidido a presionar arriba y a competir sin complejos. Athenea avisó pronto con dos centros peligrosos que obligaron a intervenir a Paredes y a Ona Batlle. El mensaje era claro: el Madrid había venido a discutirle el título al Barça.
Buscó entonces el conjunto azulgrana hacerse con el control, pero la presión blanca dificultó una circulación limpia. El juego se cargó demasiado por la derecha, sin aprovechar el espacio que tenía Brugts en la izquierda. No había grandes ocasiones, pero sí intensidad máxima, con Linda moviéndose por dentro y Patri imponiendo su jerarquía.
Patri Guijarro en la final de la Supercopa contra el Real Madrid / FCB
Antes de la media hora llegó la primera gran oportunidad. Vicky López se inventó un regate precioso por el carril central y obligó a Misa a firmar una parada extraordinaria. En la acción siguiente, el Barça golpeó. Córner perfecto de Mapi León, desajuste entre Weir y Feller y Esmee Brugts, sola, remató con precisión para adelantar a las azulgranas.
Tras el gol, el Madrid intentó agarrarse al partido también desde el banquillo. Pau Quesada, de vuelta tras su ausencia en semifinales y en la previa por motivos personales, pidió revisión por una falta de Graham sobre Linda que no podía ser ni penalti ni roja. El Barça, mientras, seguía compitiendo con oficio.
Al filo del descanso, Dabritz estrelló un disparo lejano en el larguero tras un despeje clave de Brugts a centro de Athenea. Buen Barça en líneas generales, jugando con inteligencia ante la presión del Madrid, pero sin traducirlo en muchos goles. Las blancas presionaban bien, aunque sin precisión en los metros finales.
La segunda parte abrió otro escenario. El Barça bajó el ritmo inicial, pero fue creciendo con balón y generando ocasiones. Alexia, mucho más participativa tras el descanso, empezó a mandar. Misa evitó una goleada con intervenciones decisivas ante Pina, Graham, Pajor y Ona Batlle, sosteniendo al Madrid cuando el partido se inclinaba claramente.
Llegaron las ocasiones claras y el partido se abrió. Graham estrelló un balón en el larguero tras una asistencia involuntaria de Alexia, que le pegó con todo. El Barça perdonaba y el Madrid resistía, buscando las transiciones de Linda para poner el empate, pero sin acierto.
Siempre Alexia
En el minuto 90 llegó la sentencia. Penalti de Shei sobre Alexia y Quesada sacó la tarjeta para pedir revisión. No hubo dudas. Alexia tomó la responsabilidad y, fiel a los grandes momentos, cambió el guion: ajustó el disparo a la izquierda, donde casi nunca chuta, mientras Misa se lanzó a la derecha. Gol perfecto. Celebración eufórica, agarrándose el escudo y haciendo una reverenciacomo en sus goles más especiales.
Siempre será ella. El Barça cerró la final sin alardes, pero con jerarquía, inteligencia y memoria competitiva. Otra batalla ganada, otro título al palmarés y la confirmación de que este equipo sabe exactamente cómo y cuándo golpear. Por eso es el gran supercampeón. Primer título de la temporada. Uno de cuatro








