Novak Djokovic está a un partido de alcanzar el 25º título de Grand Slam y el 11º Abierto de Australia, tras haber protagonizado quizás la mejor actuación de su carrera para derrotar a Jannik Sinner. El serbio de 38 años retrocedió años para superar al bicampeón vigente Sinner, 3-6, 6-3, 4-6, 6-4, 6-4, 6-4 en un final a la 1:32 de la madrugada.
Tras cuatro horas y nueve minutos de acción de infarto, Djokovic se arrodilló en el suelo. “Ahora mismo estoy sin palabras. La verdad es que parece surrealista. Jugando casi cuatro horas, recordando 2012, jugué contra Rafa en la final que duró seis horas. El nivel de intensidad era altísimo”.
Djokovic se enfrentará al cabeza de serie número uno Alcaraz en la final del título de Melbourne el domingo y, si vence a un jugador 16 años más joven, ganaría un récord histórico de 25º título de Grand Slam. Con la edad y las lesiones pasando factura a Djokovic, el domingo podría representar la mejor oportunidad del serbio para conquistar ese esquivo 25º major, aunque su actuación tenaz contra Sinner demuestra que aún le queda mucho por delante.
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La agónica resurrección de Djokovic en Melbourne
La atmósfera en la Rod Laver Arena se transformó en un escenario de incredulidad absoluta porque Djokovic, el hombre que dominó este cemento durante dos décadas, parecía estar viviendo sus últimos minutos como competidor de élite. A sus 38 años, el serbio se enfrentó a una crisis física que rozó lo cinematográfico contra el pecador.
Durante el transcurso del tercer y cuarto set, la imagen de Djokovic fue la de un atleta al borde del colapso sistémico. En repetidas ocasiones, el ganador de 24 Grand Slams se llevó las manos al pecho, con el rostro desencajado y buscando desesperadamente aire.
La tensión acumulada y la intensidad del juego de Sinner, quien había ganado los últimos cinco encuentros entre ambos, llevaron el cuerpo del veterano a un límite peligroso. La grada observaba en silencio cómo el serbio luchaba contra su propia biología en una noche calurosa.
El dramatismo alcanzó su punto álgido cuando Djokovic, visiblemente indispuesto, dio muestras de náuseas y arcadas en pleno fondo de pista. En un gesto que pocos habían presenciado en su carrera profesional, el tenista pareció a punto de vomitar entre puntos, obligándolo a detenerse y doblar el torso para recuperar algo de estabilidad.

La movilidad que lo caracteriza desapareció por momentos, sustituida por pasos erráticos y una mirada perdida hacia su palco, donde su equipo técnico intentaba mantener la calma ante la evidente agonía de su jugador.
En un arrebato de frustración y necesidad de alivio térmicoDjokovic protagonizó uno de los momentos más comentados de la jornada al despojarse de parte de su indumentaria en pleno descanso, buscando reducir la temperatura de su cuerpo.
El gesto, casi de desnudez parcial en la silla de cambios, reflejó la desesperación de un hombre que sentía que su motor interno se sobrecalentaba. Fue una batalla no solo contra Sinner, sino contra un organismo que, por primera vez en mucho tiempo, parecía enviarle señales de cese inmediato.
La resistencia mental de Djokovic frente al deterioro biológico

A pesar del cuadro clínico que presentaba en pista, Djokovic logró lo que muchos analistas consideraron un milagro deportivo al imponerse por 3-6, 6-3, 4-6, 6-4 y 6-4. La clave de su avance a la final no residió en su superioridad física, sino en una gestión emocional y táctica sin precedentes.
El serbio salvó 16 de las 18 oportunidades de quiebre que tuvo Sinner, incluyendo ocho puntos de ruptura críticos en el set definitivo, demostrando que su capacidad de resistencia psicológica compensa el desgaste de su veteranía.
El propio jugador reconoció tras el encuentro la magnitud del esfuerzo realizado y cómo su edad condiciona ahora cada una de sus presentaciones en torneos de larga duración. La victoria lo convirtió en el hombre más veterano de la Era Abierta en alcanzar la final en Australia, superando registros históricos de longevidad.
En una épica semifinal del Australian Open, Alcaraz sobrevivió a los calambres con jugo de pepinillos
Este triunfo significó también romper una racha negativa ante el italianodevolviéndole la confianza necesaria para disputar el título tras un año 2025 marcado por derrotas en semifinales de grandes torneos.
La vulnerabilidad mostrada por el serbio ha sido un tema recurrente en las últimas temporadas, pero nunca con la crudeza vista en esta semifinal. Los problemas respiratorios y la pesadez en el pecho son síntomas que aparecieron con mayor frecuencia desde que cumplió los 37 años.
Sin embargo, su capacidad para “limpiar” el sistema y volver a competir a máxima intensidad tras una crisis médica sigue desconcertando a médicos deportivos y rivales por igual, quienes ven en él a un competidor incombustible.

El peso de los años en el circuito profesional
La realidad de competir contra jugadores que tienen casi veinte años menos que él es una carga que Djokovic EMPEZÓ a verbalizar con mayor honestidad. Aunque mantiene una disciplina alimenticia y física espartana, el proceso de recuperación entre partidos ya no es el mismo.
En Melbourne, la acumulación de horas en pista se manifestó de forma violenta, dejando claro que el “tanque” de energía tiene límites que antes no existían. La lucha por respirar fue el recordatorio más físico de su actual situación.
“Le dije a él: ‘Soy un hombre viejo, necesito irme a dormir más temprano’. Así que espero verlo en unos días”, bromeó el serbio en referencia a su próxima cita en la final contra Carlos Alcaraz.
Detrás del humor se esconde la admisión de que su ciclo natural en el deporte está entrando en una fase definitiva donde el descanso y la gestión de la fatiga son tan importantes como el golpe de derecha o el servicio.
En conferencias previas al torneo, el tenista ya había adelantado que su cuerpo reacciona de manera distinta ante el estrés de los partidos oficiales en comparación con los entrenamientos. La intensidad de una semifinal de Grand Slam actúa como un catalizador que expone cualquier debilidad muscular o interna.
Para Djokovic, el desafío actual es aceptar que su nivel de juego sigue siendo de élitepero que su capacidad para sostenerlo físicamente durante cinco sets es ahora una incógnita constante.
“Mi edad hace que sea muy difícil ganar Grand Slams. Es simplemente la edad, el desgaste del cuerpo. Por mucho que lo cuide, la realidad me golpea ahora mismo como nunca antes, para ser honesto”, admitió al reflexionar sobre los desafíos físicos que enfrenta en esta etapa final de su carrera.
Djokovic a los 38 años: un final de carrera marcado por la épica

El paso a la final del Abierto de Australia representa para Djokovic la oportunidad de alcanzar su título número 25 de Grand Slamuna cifra que lo alejaría definitivamente de cualquier competidor en la historia del tenis masculino.
Sin embargo, el camino hacia ese récord ya no es una marcha triunfal, sino una procesión de sufrimientos y superaciones personales. Cada set ganado en estas condiciones se percibe como una pequeña victoria sobre el tiempo y el deterioro inevitable que conlleva la alta competición.
La imagen de Djokovic de rodillas sobre el cemento de Melbourne, tras sellar su victoria ante Sinner, quedará como uno de los momentos más icónicos del torneo. Fue el gesto de un hombre agotado que encontró en su mente los recursos que sus pulmones y piernas le negaban.
La final contra Alcaraz se presenta como el enfrentamiento definitivo entre la juventud desbordante y la experiencia que se niega a claudicar, a pesar de los vómitos, los mareos y la falta de aire.
“Sé que no soy tan bueno como antes. Sé que física y tenísticamente no soy lo que era. Eso es normal. Me estoy haciendo viejo. Pero sigo feliz con lo que hago, siempre intentando empujar mi propio límite”, explicó el jugador al analizar su evolución reciente en el circuito.
DS





